Un día, eternidades atrás, un artista lloro sobre su obra destrozada. Reprimido su derecho a expresarse, pisoteada su inspiración, subió sobre la más desolada e inhóspita montaña para dejar allí lo que más quería, su corazón de artista: su deseo de expresase junto con su arte. Desempacó toda su obra en papel mientras cantaba tristemente, su alma lloraba como si estuviera despidiéndose de un amante.
- La vida real me llama… - Intento disculparse con la pila de papeles manuscritos, dibujos y oleos. Llorar no le era posible así que se permitió una última obra.
Con la navaja a la que le sacaba filo a sus lápices, cortó su palma izquierda, cerrando el puño con dolor, derramó gotas de su sangre, estratégicamente, en la tierra seca y rocosa. Luego ató la cuchilla, con los trapos que usaba para limpiar sus pinceles, a la rama que le había servido de bastón para atravesar todo el trabajo de su vida, y fijarlo a la tierra. Tomo distancia un segundo, sin prestar atención al hecho de que todavía sangraba, y observo la última obra de su vida como artista: Una tumba.
Quiso decir algo, hacer algún juramento al viento o a las nubes o al sol… Pero esto no era una promesa, ni una amenaza. Era solo una despedida. Una muy dolorosa.
Se puso sus guantes de nuevo y miro su herida sangrar ligeramente. Esta era una herida que nunca sanaría, y esta era una montaña a la que volvería todas las noches en sueño, pero nunca volvería a pisar.
Poco tiempo pasó, cuando las nubes pintaron el cielo de gris, el viento canto una bellísima melodía y el sol brillo fuertemente, escribiendo los más bellos poemas sobre la tierra. Esa tierra árida, fría y dura. Fertilizada con la tristeza, los deseos, el arte y la esencia de la vida.
Una flor de bellísimos colores rojos podría haber nacido allí,. Pero lo que surgió de la tierra fue una bellísima bestia. Abriéndose lentamente el paso como una bella y delicada flor. Una gárgola femenina de larguísimas y delgadas extremidades, enormes alas que bailaban al viento, ojos purpúreos brillando con la escasa luz solar y casi eterno cabello negro enlazado en una trenza. Su piel incolora se tiño del más espeso color sangre, y su corazón latió dolorosamente por primera vez, entonces su voz canto, inconciente, la melodía pulsar del viento.
Su palma izquierda sangró, con la misma herida que el artista, y pronto entendió que había venido al mundo a sufrir, defendiendo aquello de lo que había nacido. De los corazones que lloran sin lágrimas y que brillan en la eterna esperanza del verdadero conocimiento.
Proteger aquello que estaba muriendo a manos de este monstruo que había tomado el nombre de "Realidad".Ese vacío que quedaba cuando un artista se aturdía con sus propios gritos, cuando una cultura se extinguía a manos de los intereses descorazonados. Proteger aquel deseo que murió para que ella viviera, proteger a los portadores de la más hermosa sabiduría, aquella que canta el alma y que pinta la vida, aquella que se escribe en la tierra y que se respira en el aire de la medianoche estrellada.
Sangrar, para que el artista y la cultura vivieran para ver sus sueños ser susurrados a los oídos de todos. Una tristeza calma, una esperanza dolorosa, un futuro no solo incierto, sino también impredecible y emocionante.
Una flor roja nació en la montaña…
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